viernes, 24 de febrero de 2012

Relato para concurso narrativo: Alicia

Uno de los vigilantes cierra el puño y le golpea en la cara, tirándolo al suelo de tierra. En ese mismo instante me doy cuenta de que no puedo más. Tengo que salir de aquí ya.
En cuanto el vigilante se gira, corro hacia Jared, que tiene la media cara de un rojo impresionante, para ayudarle a levantarse.
-¿Estás bien? - Le pregunto mientras le pongo mi mano fría en la mejilla.
-Podría estar mejor.
-No aguanto más esto. Voy a irme, ¿vienes conmigo?
-¿Te refieres a… escapar? Esto es una granja para esclavos, ninguno de los nuestros ha conseguido salir de aquí sin que lo acribillen dos metros después.
-Nosotros vamos a ser los primeros.

Esa misma noche, empezamos a pensar como nos iremos. Si consiguiéramos despistar a los vigilantes, tan solo tendríamos que saltar una valla y echar a correr.
-¿Y después? No querrás que deambulemos hasta morir de hambre, supongo.
-Iremos a algún pueblo cercano y buscaremos trabajo.
-No nos lo darán. No quieren ni ver a los negros.
-Pero seguro que encontramos algo que hacer… En cualquier sitio estaremos mejor que aquí.
-¿Adónde vais? – una niñita aparece por la parte más oscura del granero. Es Aretha, huérfana, al igual que yo. – Quiero ir con vosotros.
-No vamos a ningún sitio, cariño. – le digo mientras la siento en mi regazo.
-Habéis dicho que os vais. ¿Por qué no me lleváis? Yo también quiero irme de aquí. No quiero seguir trabajando tanto todos los días, ni tener que ver como matan a mis amigos. No quiero que tener que seguir callándome y aguantando cuando un hombre blanco me pegue. Quiero ser tan feliz como ellos.
Miro a Jared a la vez que él a mí. No podemos dejarla aquí. Y menos después de semejante parrafada.
Con prisa, metemos en un saco todas nuestras pertenencias, que son pocas. Me asomo a la ventana antes de irnos. A lo lejos se ve como le dan una paliza a un anciano, uno de los nuestros. La rabia me quema las venas y mi deseo de escapar se hace aún mayor.
-Vámonos ya. Los vigilantes están ocupados.
Con los sacos a la espalda, salimos del granero.
-Vayamos por las sombras más oscuras. – dice Jared con la voz temblorosa.
Nos deslizamos por la oscuridad sigilosamente, escabulléndonos de los guardias con grandes bates de madera, hasta llegar a la valla.
-¡Eh, vosotros! – Un vigilante nos sorprende con sus gritos, provenientes del otro lado de la valla. - ¡Earl, ven con las armas! Unos negros se están escapando.
Empezamos a correr con todas nuestras fuerzas y desaparecemos en la oscuridad de la noche, pero no sin antes oír al guardia.
-Os encontraré, sucios perros. Os encontraré y os mataré yo mismo. ¡Corred, corred!
Y con esa amenaza en la cabeza, soy la última en dormirse entre los matorrales.
El sol tibio del otoño norteamericano nos despierta a los tres. Un rugido de mi estómago sentencia que es la hora de comer. Nos tendremos que conformar con el aire.
Caminamos durante tres días hasta entrar en un pueblo y nos tiramos delante de un bar, pero nos despiden con algún insulto referido a nuestra piel y con el estómago vacío.
Y así en cada maldito lugar de este maldito pueblo.
Cuando lo damos todo por perdido, una voz grave nos sorprende.
-¿Estáis heridos? – un hombre blanco se acerca a nosotros. – Seguro que tenéis hambre. Si me acompañáis a la iglesia os puedo dar comida.
¿Un hombre blanco regalando comida a unos niños de color?
-Dios le bendiga. – Es lo único que la sorpresa me permite decir.

Una media hora después, estamos en la sacristía de una iglesia engullendo pan y gachas.
-¿Por qué hace esto? – le pregunto al hombre, que al parecer es el sucesor del cura del pueblo.
-Supongo que sabréis que la mayoría de la gente prefiere dejar morir de hambre a cualquiera que no sea blanco, en estos tiempos que corren, incluso el antiguo cura. Pero yo creo que Dios no quiere esto. Me gusta pensar que lo que quiere es que todos podamos vivir en paz. Y espero que los hombres crueles que manejan esta idea sádica de trataros como animales ardan en el infierno.
-No debería decir eso en voz alta. Seguramente le colgarían sus mismos feligreses. – añade Jared.
-Lo sé. – suspira. - ¿Qué pensáis hacer? No os quedaréis aquí, ¿verdad?
-Vamos a buscar un sitio en el que seamos felices. – dice tímidamente Aretha, a la que creíamos ajena a la conversación.
Ojalá. Pero me parece que no va a ser tan fácil.
-Hemos escapado. Y estamos buscando un sitio donde quedarnos en el que nos traten mejor. – se me quiebra la voz en la última palabra, al darme cuenta de que ese sitio no existe. En la granja al menos nos daban comida (en mal estado y sobras, pero comida al fin y al cabo), pero desde que hemos salido, estamos aún peor. – Solo queremos vivir honradamente. Esperaba que alguien nos diera trabajo, pero parece que va a ser imposible que nos miren como a personas.
-Yo… no quiero daros falsas esperanzas, pero se escucha por aquí que en algunas granjas del estado, la gente está empezando a rebelarse y están consiguiendo escapar.
Me giro y veo, por primera vez, a Jared llorando. No puedo evitar derramar una lágrima al saber que también piensa que solo hemos salido de allí para estar peor.
-Podéis pasar esta noche aquí, pero tenéis que estar escondidos y en silencio.
-Gracias, señor cura. – Aretha se acerca a él y le abraza.
-Vaya, que… cariñosa. ¿Y tú cuántos años tienes, pequeña?
-Ocho. Pero no crea que soy pequeña, como ellos dos hacen. – nos mira con reproche. – Soy la niña que más rápido mueve las piedras grandes de la granja.
El hombre sonríe y nos lleva hasta una escondida habitación con olor a humedad.

-Jared, ¿estás despierto?
-Sí. ¿Qué pasa?
-Tú también crees que nos teníamos que haber quedado, ¿no?
-No estoy seguro. Allí teníamos comida y cama, pero la sensación de que no pertenecemos a nadie es muy poderosa.
-Yo estoy bien mientras esté contigo. No habría podido hacer esto sin ti.
La oscuridad es total, pero oigo como se gira en el suelo. Me rodea con los brazos.
-Lo mismo digo.
Me da un beso en los labios y sonríe, todavía rozándome. Yo también lo hago.
Y me duermo enseguida, pensando que aunque tenga hambre y miedo, sé que soy libre y que Jared estará conmigo en toda esta historia.

A la mañana siguiente, unos gritos nos despiertan. Son dos hombres, y una de las voces es la del cura.
-Sé que están aquí, ¡todo el pueblo lo sabe! O me dices donde los tienes o te mato ahora mismo.
-No están aquí. Pero los vi irse hacia el este.
-¡Mentira!
Se oyen unos pasos, cada vez más cercanos, por el pasillo. Y patadas a las puertas.
Con un estruendoso golpe, se abre la de la habitación en la que estamos. Siento como si se me parara al corazón al ver al guardia de la granja, tan grande que casi no cabe por el marco de la puertecita.
-Con que aquí estáis… - se ríe como un poseso mientras busca algo en sus bolsillos. – Os dije que os encontraría.
Jared nos coge de la mano a Aretha y a mí y tira de nosotros para sacarnos de la habitación. Corremos por los pasillos con el vigilante pisándonos los talones.
-¡Os voy a matar, idiotas!
Conseguimos salir a la sala donde se da la misa. Y entonces un ruido insoportable nos atraviesa los tímpanos. Nos quedamos paralizados. Me giro y veo al vigilante sosteniendo una pistola humeante.
No puede ser. Busco a Jared y la pequeña con la mirada borrosa. Están quietos, mirándome horrorizados. Busco al cura, que está exactamente igual.
Se me nubla aún más la vista. Me paso la mano por el abdomen y la levanto otra vez  para mirarla. Un líquido rojo gotea de ella.
Miro hacia Jared, que viene corriendo hacia mí.
-¡Alicia!
Entonces lo veo todo negro y me derrumbo.


lunes, 10 de octubre de 2011

Emma The Strange

Es simple. Tan fácil como que, soy mitad humana, mitad no sé qué bicho. Y lo mejor, no puedo controlar en que momento soy más persona y en cual menos. Pero bueno, vivo con ello.
Acabo de despertarme y me he encontrado la cocina patas arriba y un montón de balquio por el suelo. El balquio es lo que hace que sea menos humana. Así que supongo que en algún momento de la noche me volví loca y armé esto.
No es que sea peligrosa, es que simplemente me cargo a la gente si se me acercan. Todavía no se ha dado la ocasión en la que haya podido controlar el instinto. Por eso vivo sola. Bueno, acompañada de mi otra mitad asesina y del idiota de mi amigo el científico, que me trata como si fuera una rata de laboratorio. Que ignorante… Como a mi otro yo le dé por matarlo, ya verá.
Tengo diecisiete años, pero no voy al instituto. No sería muy guay protagonizar la matanza del siglo sin darme cuenta rodeada de mis antiguos amigos.
Sí, antes tenía amigos, no demasiados, pero algunos. Antes era normal. Lo que pasa, es que si un día cualquiera de tu normal vida estáis viendo una película, y de repente te levantas y matas a uno, los demás como que intentan sobrevivir y huyen de ti el resto de sus vidas.
Fue así, de repente. Nunca antes me había pasado. Y cuando te quieres dar cuenta, eres buscada por la policía de todo el mundo, tienes que abandonar a los que te quieren y el día que menos te lo esperes acabas con medio país. Esto es así. No sé por qué yo, nunca había sido agresiva ni violenta.
-Ems, pon la televisión, rápido.
A ver que quiere este ahora.
-Emma. Hazlo.
-Eres un pesado, doctor.
-No me llames doctor, soy científico.
-Vale.
-Pon la televisión.
Me levanto de la cama, me desperezo y enciendo el trasto ese al que Jacob, mi amigo,  y yo llamamos televisor, por no llamarlo chatarra.
“La policía se ha acercado hasta el lugar del suceso. Los sobrevivientes que han podido reconocer al asesino colaboran en estos momentos a la identificación del susodicho.  La masacre ha ocurrido a pocos kilómetros de la capital…”
-No lo entiendo Jake, no es la primera matanza de este país. Tampoco es tan raro como para que te comas el coco.
-Ya, pero es la cuarta en los alrededores en las dos últimas semanas.
-¿En serio? ¿Por qué no me lo habías dicho?
-No lo vi importante. Pero ahora es sospechoso.
-Esperaremos. Si oyes algo más, avísame, ¿vale?
-Claro. Estaré alerta.
-Genial. Oye, me voy a dar una vuelta.
-¿Quieres que vaya contigo?
-No hace falta, me siento bajo control.
-Ya…
-Adiós. Nos vemos en la cena.
Cojo el coche para dar una vuelta y llego hasta la capital. Al bajar de coche algo me llama la atención. Es… balquio. Hay balquio en el suelo y yo no he sido. No es posible. Busco el móvil en mi bolso y marco su número.
-¿Sí?
-Jake, hay balquio en el suelo y yo no he hecho nada.
-No jodas… ¿Seguro que no has entrado en trance?
-Seguro.
-Vale. Pues… Date una vuelta a ver si ves algo raro y eso.
-Sí, adiós.

Llevo dos horas buscando lo que sea y ni rastro de nada. Vaya mier…
-Oh, perdona. – me dice un chico al chocar contra mi hombro. - ¿Estás bien?
-S-sí.
Al alejarse, me doy cuenta. ¡Tiene balquio en la camiseta!
-¡Perdona! – Espero no arrepentirme de lo que voy a hacer.
-¿Sí?
-¿Te apetece tomar un café? – “Qué diga que sí, que diga que sí.”
-Eh… De acuerdo.
¡Bien! Este tío es raro, tengo que enterarme de quién es.


Meto la mano en mi bolso buscando las llaves para abrir la puerta del piso. Mierda, no las tengo, me las he dejado dentro de la casa. Aporreo la puerta esperando que mi compañero lo oiga.
-¡Jacob! Soy yo.
-¡Estoy ocupado, Ems! ¡No puedo abrirte!
-Joder, que me abras. Estoy de los nervios, te aviso.
-Tranquilízate, ¿vale? Espera un momento, ahora voy.
Noto como el corazón empieza a latirme más rápido. Y de repente, todo es negro.

-Despierta, Emma. ¿Cómo estás?
-¿Qué ha pasado? – digo con la voz ronca, totalmente desorientada.
-Has entrado en trance. No me has hecho nada.
-¿De verdad? ¿Cómo me has parado?
-Te dije que estaba ocupado para que te enfadaras. Estaba esperando a que te “desmayaras” para poder probar el nuevo aparato que he construido.
-¡¿Qué?! ¡Estás loco! Podría haber matado a cualquiera. Podría haber protagonizado otra masacre. ¿Crees que está el momento para esas cosas?
Hace un mes desde la primera matanza que nos llamó la atención en la capital. Desde entonces ha habido siete más en los alrededores.
-Lo siento, de verdad. Pero tenía que probarlo. ¿No quieres saber qué es?
-No, déjame. Eres un capullo.
-Vamos… Sé que quieres verlo. – y me sonríe con esa forma tan suya que consigue convencer a cualquiera.
-Que me dejes.
-Venga… Es increíblemente fantástico-buloso.
-Tonto…Vale, enséñamelo.
Se ríe y me acerca  una especie de pistola.
-¿Qué es?
-Dispara electricidad. Como una de esas pistolas láser de las pelis. Consigue que se te paralice el cuerpo y te devuelve a la realidad. A partir de ahora podremos controlar tus ataques.
-¡Esto es increíble! – salto del sofá y me abrazo a él como si fuera un mono.
-Vale, vale. De nada.
De repente, un escalofrío atraviesa mi tripa. Y no sé por qué, aprieto mis labios contra los suyos.
-Dios. Lo siento, no sé por q…
Antes de que pueda acabar la frase, es él el que me besa. En cuanto recupero el control, me separo de su cuerpo.
-Lo siento, ya sé que he empezado yo, pero esto no puede pasar. Eres la única persona que tengo en el mundo, no puedo estropearlo.
-¿Y quién dice que sería estropearlo? Tú también eres lo único que me queda.
-En serio, Jacob. Aunque ahora te parezca mal, cuando pasen dos días te darás cuenta del error que podría haber sido.
Su mirada de súplica hace que mi muralla se derrumbe. Y él lo nota, y vuelve a atrapar mis labios.
Dos horas después, me despierto en el sofá con Jacob a mi lado. Soy tonta por dejar que esto pase.
Todavía tengo que seguir con lo de los asesinatos. El chaval que me encontré con balquio en la camisa no era más que alguien que se había ensuciado de él (aunque no lo supiera ni lo viera). Así que tengo que buscar al responsable de esto.  Jake ha descubierto que cuando entro en trance, algún tipo de impulso me lleva a acercarme al lugar donde ha ocurrido la última masacre. Ya me ha pasado varias veces. Así que, en cuanto sepa de algún asesinato más, me “desmayaré  a propósito” para intentar encontrar al culpable gracias a mis instintos.
Unos días después, nuestro plan se pone en marcha. Por la noche, he estado muy inquieta, incluso he llegado a darle patadas a Jacob, que ha dormido conmigo porque tenía miedo de que me levantara sonámbula.
Son las 9:32, y me muero de hambre. Así que, me preparo un café y una tortilla francesa. Prácticamente, la engullo. Cuando aún tengo comida en la boca, empiezo a marearme y se me nubla la vista. Los músculos se me agarrotan, y un dolor que me perfora la cabeza hace que acabe en el suelo.
-Jake… No me dejes sola.
Mi intención es gritar, pero el sonido de mi voz es más bajo que un susurro, y no parece que él esté en la habitación. Y otra vez, todo vuelve a la oscuridad de la inconsciencia.
La claridad me molesta en los ojos y aprieto los párpados, todavía cerrados. Noto como alguien se mueve cerca de mí. Instintivamente, me incorporo de un salto. Un chico alto y grande me mira fijamente.
-No te voy a hacer nada, tranquila.
-¿Quién eres?
-Bruno.  – mientras habla, se va acercando lentamente a mí.
-Si aprecias tu vida, deja de acercarte.
Se ríe de mi respuesta como si creyera que soy un inofensivo gatito.
-Sé lo que hago. Y sé lo que tú haces.
-¿Por qué estoy aquí? – Me mira inocentemente. Pero me pone nerviosa. - ¿Cómo he llegado aquí?
-Verás… No voy a decirte nada hasta que no te calmes.
-Me calmaré cuando contestes a mis preguntas.
-Hay gente en peligro solo por el hecho de que te haya salvado el pellejo. Así que baja esos humos.
Las manos me arden y las lágrimas de rabia se acumulan en mis ojos.
-Aléjate. Escóndete. – le digo mientras empiezo a marearme.
-¡No lo hagas! Respira, no pienses en eso.
-¿Qué?
Viene corriendo hasta mí, y aunque intento esquivarlo, me tira al suelo y me inmoviliza.  Uno de sus dedos me presiona la nuca con una fuerza brutal. Y no sé porque, me calmo.
-¿Cómo lo has hecho?
-Por fin… Creí que tendría que hacerte daño.
-¿Daño? ¿Tú a mí?
-Podría. Bueno, ¿quieres saber por qué estás aquí, o qué?
Me suelta y me ayuda a levantarme. Una punzada de dolor me atraviesa el brazo.
-¡Me has sacado el hombro!
-Oh, perdona. No te preocupes. – Me rodea el brazo con las manos, y con un movimiento seco, vuelve a ponerlo en su sitio. Se me escapa un gemido que hace que se ría. Idiota.- Hace un par de horas, te he encontrado en la calle. Has matado a un grupo de excursionistas y la policía te estaba buscando como loca. Te he traído aquí.
Se me forma un nudo en el estómago. Este tío ha descubierto mi secreto.
-¿Quién eres?
-Como ya te he dicho, soy Bruno.
-¿Y cómo es que no te he matado?
-Soy más fuerte que tú. Solo he tenido que inmovilizarte. –Al ver mi cara de desconcierto, intenta explicarse. - ¿Conoces a alguien más como tú?
-No.
-Yo lo soy. Vivo con cuatro más, todos como nosotros.
-Eso es imposible.
-Si fuera imposible, ahora mismo yo estaría muerto porque tú me habrías matado. Ya sé que suena increíble, pero es verdad. Hace unos años, cuando empezó todo esto para mí, me dediqué a buscar gente que me ayudara. Y encontré a mis cuatro compañeros.
-¿Y no os habéis matado entre vosotros?
-No. ¿Por qué íbamos a hacerlo?
-Pues no sé, quizá porque, si de verdad sois como yo, os dan ataques y matáis gente. – mi voz está cargada de sarcasmo.
-Los controlamos.
-¿De verdad?
-Sí. Es fácil.
Esto es demasiada información de golpe para mí. Llevo toda mi vida prácticamente sola, y ahora me entero de que podría haber estado con más gente.
-¿Sabes por qué nos pasa esto? – me tiembla la voz a causa de la emoción.
-No.
-¿Cómo controláis los ataques?
-Presionando justo en un punto de la cabeza, se presiona un nervio que lo para. Antes he evitado que me mataras así.
Mi móvil empieza a vibrar en el bolsillo. El tono asignado a Jacob inunda la habitación.
-Tengo que irme, me están buscando.
-¿Quién?
-Mi compañero de piso barra amigo.
-¿Vives con un tío normal sin saber controlarte?
-Bueno… Sí. Pero hemos encontrado una manera de pararlo con descargas eléctricas. Es… doloroso, pero ha salvado muchas vidas.
Se ríe disimuladamente.
-Tengo que irme. – Suspiro.
-¿Vas a venir a vernos? Creo que te vendría bien estar con nosotros. Aprenderías a controlarte y harías amigos.
-Sí, pero no sé llegar aquí.
-Eh… No te lo puedo decir hasta que no aprendas a dirigir tus ataques, podrías venir aquí y liarla… Te daré mi número.
Le doy mi móvil para que lo apunte.
-¿Tenéis vosotros algo que ver con las matanzas de estos últimos meses?
-La última la has hecho tú, hace unas horas. Pero las otras han sido por alguien a quien no conocemos. Lo estamos buscando.
-Vale, gracias.
-Te llevo a casa.
-¿En serio?
-Sí. Tengo coche. Además, no puedes saber dónde vivimos.
-Ah.
Media hora después, me bajo del coche de Bruno después de darle las gracias por todo. Las piernas me tiemblan, pero consigo llegar hasta la puerta de mi casa sin derrumbarme. Al tercer intento, consigo meter la llave en la cerradura.
-¡Emma! Por fin estás aquí. Me he recorrido toda la ciudad buscándote. He vuelto pensando que quizás tú estabas aquí pero no, y…
Las lágrimas que empapan mi cara hacen que se calle. Aunque tengo la vista borrosa, puedo ver la preocupación en su rostro. 
-¿Qué te pasa? ¿Estás bien?
En dos pasos, está a mi lado cogiendo mis manos.
-Cuéntamelo, por favor. Déjame ayudarte.
-He… matado a unos turistas.
-Eh, no pasa nada. No es tu culpa, Ems.
-Sí, es mi culpa, los he matado yo. Además, hay gente que lo controla.
-¿Cómo?
-Que sí. Un chico me ha recogido cuando estaba inconsciente. Él y sus amigos son igual que yo, pero saben controlar sus ataques. – empiezo a llorar otra vez.
-Bueno, ya hablaremos de eso. Vamos.
Me rodea los hombros con el brazo y me lleva hasta la habitación. No tengo fuerzas. El agotamiento y la tensión pueden conmigo. Nos tumbamos en la cama, me aovillo y él me abraza.
-Jake, tengo miedo de hacerte daño. – Frunce el ceño y me mira. – He pensado en irme con los chicos que te he dicho antes.
-¡¿Qué?!
Silencio incómodo.
-Jacob…
-¡No! No me vas a hacer daño. ¡Estamos juntos en esto! No lo hagas…
-Es solo por tu bien. Podría matarte en cualquier momento.
Se incorpora para mirarme a los ojos.
-Ems, escúchame bien. – Rehúyo su mirada, pero él me hace volver a mirarle girándome la barbilla. – Si hubiera tenido miedo de que me mataras, me habría ido en el momento en que te conocí. Pero, ¿sabes lo que ha pasado? Que me he quedado. He renunciado a todo para estar contigo. Y creo que no hace falta que te lo diga pero, te quiero. Así que, por favor, piensa bien lo que vas a hacer.
¡Diana! En toda la fibra sensible. Esto lo hace todavía más difícil. ¿Cómo se puede responder a sus palabras sin destrozarlo? En verdad, sí que lo sé. Es fácil, solo tengo que contarle lo difícil que se me hace estar lejos de él, lo que sufro cada vez que vuelvo a estar consciente  después de “desmayarme” y no sé si él está bien.  Pero si lo hago, también será difícil para él. Y yo no quiero eso.
-Voy a probar a vivir con ellos. Solo un mes, te lo juro. Después, veremos lo que es mejor.
-No me hagas esto… Por favor.
-Es solo un mes.
-Llevo dos años viéndote TODOS los días. Preocupándome por ti. ¿Cómo quieres que no lo haga a partir de ahora?
Mientras habla, preparo una maleta con algunas cosas.
-Voy a pasar la noche en un hotel. Necesito estar sola para aclararme las ideas. Jacob, esto va a ser más rápido de lo que crees. Antes de que te des cuenta, estaré aquí otra vez.
-De lo que tengo miedo es de que cuando pase ese mes, elijas irte.
No tengo respuesta para eso. No puedo prometerle que volveré.
Aguantando las lágrimas, le beso. Es lo único que puedo decirle ahora. Noto sus labios como el hielo, y veo que ese es el momento. Cojo la maleta, y salgo por la puerta intentando con todas mis fuerzas no mirar atrás.

Hay veces en las que desearías no saber algunas cosas. Otras veces en las que desearías no conocer a algunas personas. Y hay veces en las que desearías no haber nacido.
Y aquí estoy yo, en el coche de Bruno camino de su casa. Y mi corazón… Bueno, mi corazón se quedó ayer en mi casa cuando cerré la puerta.
-Seguro que te adaptas bien. En un par de meses empezarás a controlarlo.
-¿Meses? ¡Creí que eran semanas!
-Hay que tener paciencia, Emma. Esto es nuevo para ti.
-Pero le dije a mi amigo que en un mes lo dominaría.
-¿Pretendes volver?
-Sí.
-¿No prefieres vivir con gente como tú?
El recuerdo de la sonrisa de Jake me duele.
-No lo sé.
Un rato después, empiezo a deshacer la maleta. Voy a dormir en el cuarto de Bruno porque “así puede ayudarme hasta que me controle”. Oigo unos pasos y veo de reojo a una chica apoyada en el marco de la puerta.
-Ah, hola. Yo soy Emma.
-Ya. ¿Vas a dormir aquí?
-Sí. Bruno dice que es… -levanta la mano para que me calle.
-Oye, déjalo en paz.
-¿Qué?
-Lo que has oído. No te acerques a él. Es mío.
-¿Tuyo?
-Es mi novio. Así que ya sabes. – Se gira y se va sin más.
Que tía más borde…  Espero no tener problemas con ella. ¿Acabo de llegar y ya tengo enemigos?
-Hola. ¿Cómo vas? – sin que me haya dado cuenta, Bruno ha entrado en la habitación.
-Bien, gracias.
-Es muy tarde ya. Son cerca de las dos de la madrugada, así que me voy a la cama. – sonríe y veo por primera vez sus perfectos dientes.
-Yo también. Estoy cansada.

Ya han pasado casi tres semanas desde que me separé de Jacob. Está siendo más duro de lo que imaginaba. Cada día, me paso horas mirando el teléfono, deseándolo oírlo sonar. Pero le pedí que no me llamara, y no lo ha hecho. La única distracción ha sido Bruno y sus “clases”. Hemos avanzado. Ahora, puedo desatar mi otro yo cuando quiero, aunque todavía no consigo evitarlo cuando no quiero. Al menos, no he matado a nadie más desde que vine.
-Hola. ¿Qué haces ahí tirada? ¿No deberías estar practicando? – bromea Bruno. Me ve en la cama, pero a mil kilómetros de aquí. Y se tumba a mi lado. Me pasa las manos por el pelo. ¡Pero qué hace!
-No creo que esto le guste mucho a Irma. – su novia.
Me muevo en la cama intentando alejarme de él, aunque en verdad,  lo que siento cuando me toca, no quiere que lo haga. Un temblor eléctrico me rodea cuando me acaricia el cuello. Se acerca a mí y apoya sus labios en los míos con delicadeza. Me envaro. Y dos cosas pasan a la vez. La imagen de Jake me invade la mente; y una terrorífica Irma entra en la habitación.
Bruno se levanta de un salto, pero yo me he quedado paralizada. Él habla.
-Irma. – ella se marea y se apoya en la pared. – Contrólate. Sal de aquí.  
-Estoy bien.
Y tras mirarnos a los dos con los ojos inyectados en veneno, se va corriendo.
-Lo siento, Emma.
Sigo sin poder moverme, tirada en la cama.
-Jake.
-¿Qué?
-¿Sabe Irma con quién vivía yo?
-Sí… - contesta desconcertado.
-Joder…
Salgo de la habitación como una bala y me monto en el coche de Bruno. Arranco y conduzco como nunca lo he hecho. La aguja pasa del ciento cincuenta.
En menos de diez minutos llego a mi casa, que no he vuelto a pisar desde hace tres semanas. Salgo mientras el coche está prácticamente en marcha.  Corro hasta la puerta y la aporreo.
-¡Jacob! ¡Abre! ¡Soy Emma!
Lo oigo correr por las escaleras y en unos segundos abre la puerta.
-¡Emma! ¿Qué pas…
Antes de que termine de hablar, lo empujo hacia el interior de la casa y lo abrazo.
-Escúchame, Jake. Una de las chicas que vive con Bruno viene hacia aquí.
-¿Por qué?
-Quiere matarte. -Su cara se vuelve blanca. – Te lo explicaré más tarde. Ahora tienes que esconderte. Yo voy a enfrentarme a ella.
-No voy a dejar que hagas eso.
-¡Sí! No empieces, tienes que irte. Lo único que necesito es tu invento, el que da descargas.
-No es seguro que funcione. Solo lo hemos usado cinco veces. Y sólo contigo.
-Por favor, confía en mí. Durante estas tres semanas he estado trabajando con mis ataques, los voy controlando y a veces puedo ver y oír mientras estoy en trance.
-¿No entiendes que no podría respirar sabiendo que te he dejado aquí sola?
-Se nos acaba el tiempo.
-No cederé.
-¡Jake! – resoplo, me pone de los nervios. – Vale, lo haremos así. Tú te escondes con la pistola de descargas y yo intento hablar con ella.
-No…
-Sabes que no hay otra opción. – Se resigna y agacha la cabeza, dándome la razón. – Si me pasa algo, corre. Corre con todas tus ganas. Ponte a salvo. ¿Vale?
Asiente.
-Emma…
-Para. Vete ya. – se gira para irse.  Le cojo del brazo y lo abrazo con fuerza.
-Vuelve, por favor. – me ruega.
Él corre hacia la casa y yo me preparo. Tal y como me enseño Bruno, entro en trance, pero es diferente esta vez. Siento totalmente mi cuerpo. Puedo ver, oír, hablar.
De pronto, Irma aparece en mi campo de visión.  Está en trance. Al llegar hasta mí, se para.
-Irma, no quiero a Bruno.
-Mentira.
-De verdad…
-Ah, ¿y lo de la cama?
-Sabes que en un principio me gustó. Y que me costó separarme de él. – un escalofrío me atraviesa al recordar que Jacob lo está escuchando todo. – Pero ya no. Se me ordenaron las ideas. Ya lo sabes.
-¡Mentira!
Se abalanza sobre mí y me aplasta contra el suelo.
-¡Irma!
-Lo voy a matar a él. Vas a saber lo que se siente. Y luego te mataré a ti.
-Él no tiene ninguna culpa de lo que ha pasado.
-Ni yo de que te encapricharas de mi novio, zorra.
Me golpea la cabeza contra el suelo y corre hacia la casa.
Con la vista nublada, veo desde el suelo como mi amigo dispara contra la chica. Pero no funciona... Tengo que salvarlo.
Me levanto como puedo y corro detrás de ella.
-¡Jake, huye!
Salto contra Irma para frenarla, pero ella, más rápida que yo, me golpea con todas sus fuerzas y caigo al suelo como un peso muerto. Se me nubla la vista aún más y pierdo la consciencia.

Abro los ojos sin saber dónde estoy.
-Emma. Menos mal, estás viva.
¿De quién es esa voz? Que dolor de cabeza tengo.
-¿Cómo estás?
Quien está hablando, se acerca a mí. Es Bruno.
-Bruno… ¿Qué ha pasado?
Antes de que pueda contestar, todo vuelve a su sitio. Los últimos minutos anteriores a mi desmayo se reproducen en mi mente.
-¡¿Dónde está Jacob?!
-Emma.
-¡¿Qué ha hecho Irma?!
Me pone en la mano de la boca con un movimiento casi invisible.
-Déjame hablar. – Suspira cuando dejo de luchar contra él. – Tu amigo está bien. Bueno, está herido. Pero sobrevivirá.
-¿Irma? – intento decir debajo de su mano.
-Ya no va a molestar más. Ha… muerto. – Los ojos se me abren como platos. – Cuando llegué, estabas en el suelo. Creí que no te volvería a ver respirar. Y vi a Irma atacando a tu amigo. Intenté pararla pero, en el forcejeo… Entre en trance sin darme cuenta. No ha sobrevivido.
-¿Qué le pasa a Jake?
-No pienses ahora en eso, está bien. Lo que importa ahora eres tú. – Me sonríe nervioso.
-Verás, Bruno…
Me quedo sin palabras antes de acabar la frase. Y el aprovecha la ocasión para besarme. Pero… es diferente a lo que esperaba. ¿No era esto lo que estaba esperando desde hace dos semanas? ¿Por qué no siento nada?
-¿Qué te pasa? ¿No te gusto?
¿Cómo puede un chico tan seguro de sí mismo preguntarme eso a mí?
-No es eso. Me gustas. He deseado este beso durante días.
-¿Entonces? – imagino lo que piensa. Sabe que Jake es muy importante para mí.
-Tengo que ver a Jake para saberlo. Me gusta mucho.
Hace una mueca que refleja su dolor, pero me ayuda a levantarme y me acompaña escaleras arriba, hasta la habitación de mi amigo. Luego, vuelve abajo.
Golpeo la puerta del dormitorio con los nudillos.
-¿Se puede?
Me ve y se intenta incorporar en la cama. Al verlo sonreír se disipan todas mis dudas.
-Claro, te estaba esperando.
Me siento en la cama, a su lado.
-Estás hecho polvo, chico.
Me fijo en él. Tiene el cuerpo lleno de moratones y arañazos, y una gran herida en el pecho. La miro fijamente.
-No es nada, no te preocupes. Me arañó. ¿Cómo estás tú?
-Mareada. Pero feliz.
-¿A qué se debe eso? Además de a que estás viva, claro.
-A que tú también lo estás. – no puedo evitar devolverle la sonrisa. – Siento todo lo que ha pasado. De verdad, me odio por haberte metido en esto.
-Vamos… Me lo he buscado yo solito.
-No intentes que me crea eso. La he liado yo. Irma quería matarte porque estaba celosa por mí. No sé si lo escuchaste antes… – Yo sé que lo oyó. Sus ojos me esquivan al recordar la verdad. –  Ha habido química entre Bruno y yo.
-¿Vas a irte con él?
Me mira a los ojos suplicando una respuesta. Deseando saber qué va a pasar.
-Cuando Bruno me besó, tu rostro inundó mi mente, no el suyo. Sólo he necesitado verte una vez más para saber que no puedo estar lejos de ti más tiempo. Lo que más he deseado estas tres semanas ha sido que sonara el teléfono para escuchar tu voz.
Le miro. El labio inferior le tiembla, como siempre cuando está eufórico. Me río y él sonríe de oreja a oreja.  Le cojo la mano y entrelazo mis dedos con los suyos.
-Te quiero.