domingo, 26 de junio de 2011

Historia de un suicidio (Completa)

Subo un pie y después otro. Me tiemblan las piernas. Mejor dicho, me tiembla todo el cuerpo. Los recuerdos me invaden. Las lágrimas cruzan mi cara hasta que caen al eterno olvido.
Me inclino hacia delante para comprobar que no hay nadie cerca. Una oleada de dolor me invade al recordar.
Una sucesión de recuerdos pasa por mi mente. Veo a mis padres, a mi perro, a mi familia, a mis amigos. Podría decirse que es un complot. Todos me han decepcionado. Y lo veo a él. Sobre todo a él. Intento imaginar su rostro empapado por las lágrimas, pero algo en mí me devuelve  la realidad. Una bofetada que sabe que eso nunca sucederá. Ya me lo dijo, olvidada para siempre.
Otra escena me abarca:
-Me gustas.
No me lo puedo creer. Estoy en el dormitorio de David y me ha dicho que le gusto. Esto debe ser una alucinación.
-¿De verdad?
-Sí.
Le miro a los ojos, y me pierdo en ellos. Esos ojos del color de la coca-cola, como dice la canción.
-Tú también me gustas.
Sonríe. Y lo imito. Estamos sentados en la cama. Más cerca de lo que solemos estar.
-¿Crees que podríamos ser novios?
-A lo mejor. ¿Lo intentamos?
-Vale. Entonces tenemos que besarnos, ¿no?
-Eso creo.
Se acerca a mí gateando sobre la cama. Estoy nerviosa. Impaciente. Nuestras frentes se tocan. Luego, nuestras narices. Y finalmente, nuestros labios se unen en un sutil e inocente beso. Segundos en los que todo tipo de emociones me invaden.
No fue muy romántico, pero teníamos catorce años y éramos de lo más inocente que quedaba de nuestra edad. Las lágrimas inundan mis mejillas, ahora sonrojadas por el recuerdo. Todo era fácil. Todo se resolvía rápido y sin dolor. Tiempos felices en los que la frustración no cabía en mi corazón.
Vuelvo a asomarme. Un coche con altavoces anuncia la visita a la ciudad de Marc Zuckerberg, el creador de Facebook. Otro recuerdo toma mi cuerpo.
Es nuestro octavo mes de rollo. Aunque dijimos de ser novios, no hemos llegado a nada. Solo amigos que quedan y acaban enrollándose, algún regalo, muchas bromas,…
Estamos viendo “La red social”. Una película sobre Facebook. Estamos cogidos de la mano y tirados en el sofá de la buhardilla. La película se acaba.
-¿Te ha gustado?
-Sí, es muy buena.
-Si. Oye, quería decirte una cosa.
-Ah, adelante.
-¿A ti te gusta estar así conmigo?
-¿Así cómo?
-De rollo.
-Sí, eres un sol. – Sonrío, le saco la lengua y me tumbo al lado de él.
-Pero… ¿Crees que esto podría ir a más?
-¿Quieres decir formalizarlo?
-Sí.
No respondo. No quiero decirle que no, pero tengo miedo a decirle que sí y que se asuste.
-Pues… - Al ver que no contesto sigue.– No quiero que te asustes – Gira el cuerpo hacia mí y apoya la cabeza en la mano. – Me divierto mucho contigo, nunca me canso de que estemos juntos aunque sea para tirarnos en el sofá. Además, cuando nos enrollamos… Me parece que se olvidan los problemas. – Ya no sonrío. Lo miro fijamente, esperando a que siga. – Creo que te quiero.
-¿Qué me quieres? – Estoy atónita. Durante este tiempo me ha parecido que somos más amigos que otra cosa.
-Sí… ¿Quieres que empecemos de verdad? A ir más en serio, digo.
Me he quedado a cuadros, pero estoy eufórica al mismo tiempo. Tengo ganas de gritarle que sí, pero no me salen las palabras. Asiento con la cabeza y le susurro que sí. Una sonrisa le invade la cara. Enseña los dientes, y eso lo hace aún más sexy. Me giro y acabo encima de él, sobre su pecho. Le paso la mano por la frente, apartándole el flequillo.
-Guapo.
Le doy un beso en la nariz y se ríe. Apoyo la cabeza en el hueco de su cuello.
Mierda. Me estoy poniendo peor. No puedo acabar así. Mis padres no se lo merecen. Me bajo del poyete y vuelvo a entrar en el edificio. Bajo en el ascensor y entro en casa. No hay nadie. Voy a mi dormitorio y rebusco entre mi desorden personal. Encuentro un par de folios y un bolígrafo, y empiezo a escribir. Mis dedos se mueven ágilmente. Termino pronto, no voy a torturarme escribiendo a todas esas personas que me han fallado. Bueno, a él sí. Quiero explicárselo todo, porque aunque ya no le importe, una vez lo hice, y creo que se merece saber por qué hago esto.
“Para David: Sólo he encontrado una razón por la que hago esto. Somos frágiles, y yo lo soy demasiado como para aguantar esta situación. Estoy sola y me he dado cuenta. Sola, sin nadie. Nadie que consiga convencerme de que me quiere, de que me protegerían o me ayudarían. No quiero que pienses que es culpa tuya, pero esto empezó cuando me enamoré de ti. Dejé a mis amigos de lado para estar contigo. Los abandoné. Y cuando tú me abandonaste a mí, era demasiado tarde como para volver atrás. Espero que seas muy feliz. Te quiero.”
Dejo el papel sobre la mesa. Lo verán pronto.
Salgo de casa. Mientras que subo la escalera me doy cuenta de una cosa. ¡No puedo hacerlo aquí! Si fuera mi prima la que me encontrase… ¡Por qué tenía que ser mi vecina! Mierda, tengo que ir a otro sitio.
Salgo del edificio y me dirijo hacia las afueras de la ciudad. Hay un edificio abandonado que valdrá. Camino arrastrando los pies. No sé si estoy segura de querer llegar a mi destino. Pero… ¿entonces cómo sé que de verdad quiero hacerlo?
Más recuerdos.
Estoy de mala leche y no sé cómo arreglarlo… Desde que he discutido con la niñata esa esta mañana, estoy a límite.
Llaman al timbre. Me levanto de la cama y voy hasta el telefonillo.
-¿Quién es?
-Soy David. ¿Está Naiara?
-Sí, soy yo. Estoy sola.
-¿Puedo subir?
-Claro.
Pulso el botón que abre la puerta. Enseguida, él está arriba.
-Hola, preciosa.
Se acerca a mí y me besa cariñosamente. Siento que no tengo fuerzas ni para contestarle.
-¿Qué película es? – señala a la pantalla del televisor que cuelga de la pared.
-“Rumores y mentiras”. - Se sienta en el sofá. - David, está mañana me he peleado con una “amiga” tuya.
-¡¿Qué?!
-Me ha dicho que se llama Marta.
-¿Marta?
-Sí.
-¿Pero qué ha pasado?
-Cuando estaba a punto de entrar en clase, me ha parado en la puerta. Me ha preguntado que quién era, y que por qué te acoso. También me ha dicho que soy una zorra y que te como el coco. – se me hace un nudo en la garganta. - ¿Quién es, David?
-Es… Es mi ex. – se me abre la boca de pura sorpresa.- Según me han dicho, no superó la ruptura y  sigue empeñada en contar que aún estamos juntos.
-¿Qué…?
-Pero no es verdad. Ya lo sabes. Yo te quiero a ti, ella es historia.
-David… Esa tía va diciendo cosas por ahí. ¡Y tú lo permites!
-¡¿Qué?! ¿Pero qué quieres que haga yo?
-Yo qué sé… Sólo quiero saber que esto es de verdad.
-Pero no te fías de mi palabra. Te dije que quería formalizarlo porque te quiero.
-Vamos, David. Todos conocemos tu pasado, y no es que fueras muy monógamo, la verdad.
Su expresión de enfado cambia a la de decepción.
-¿Esa es la imagen que tienes de mí?
-No. Yo no quiero decir… -Se da la vuelta y se va. Voy detrás de él- ¡David! De verdad, que no.
-Déjalo.
Da un portazo y me deja allí. Joder, la he cagado. Mierda, mierda, mierda.
La primera pelea. Y no la más dolorosa, pero casi.
Esa noche no dormí. Los remordimientos no me dejaron pegar ojo. Pero unos días después, se aclaró todo. Aunque no tenía por qué, David me regaló una cita romántica en un hotel de spa. Obviamente a nombre del padre, y con permiso de este.
Me escribió un poema. Y sé perfectamente que lo hizo él. A partir de ese día no dudé nunca más de él en esos temas.
Llego al edificio casi en ruinas. Mi cuerpo se estremece. Otra escena más me aborda como una ola gigante.
-¿De verdad?
-Totalmente. – David ha conseguido reservar una habitación en un hotel por nuestro aniversario. (No me gusta esa palabra, suena a viejo) Dos años ya. – Pero solo podemos pedir comida y esas cosas. El ocio del hotel no entra en el lote. Me sonríe y me coge la barbilla con dos dedos.
-Eres un príncipe. Mi príncipe.
-Anda ya…
-Bueno, pues voy  ducharme. ¿Me esperas aquí?
-Sí.
-Pon la tele si quieres.
-Vaaale. Venga, anda. Dúchate
-Voy. No te duermas.
-No tardes y no me dormiré.
Sonrío y me meto en el baño.
Al rato salgó bañada, vestida y lista para irme.
-¿Nos vamos?
-Sí.
Nos montamos en su moto, y vamos hacia el hotel. Cuando llegamos, un hombre nos aparca la moto y subimos a la habitación. Vamos cogidos de la mano hasta la puerta. Él pasa una tarjeta por un aparato y abre. Al entrar, un olor a rosas y a velas perfumadas me sorprende.
-Vaya…
La habitación está llena de jarrones con rosas, velas y la comida está servida. Cenamos mientras hablamos de todo. La carne está estupenda. Esto le habrá salido por un ojo de la cara. Cuando terminamos el festín, nos tiramos en la cama gigante que ocupa casi la mitad de la  habitación.
-Eres genial.
-Tú eres más genial, por eso he hecho esto.
-¿No lo has hecho porque me quieres? – bromeo.
-No. Lo he hecho porque te amo.
-Ven aquí. – palmeo el hueco que hay en la cama a mi lado. Él se acerca y se tumba, rodeándome con los brazos. – No puedo creer que esto esté pasando de verdad.
-Va, créetelo. Que me lo he currado, la habitación la he preparado yo.
-Sí, hombre.
 -Vale, me has pillado.
Se gira y acaba encima de mí. Hace presión, pero no pesa. Me besa, de una manera que nunca había notado tan claramente. Un extraño calor me recorre las venas. Y un hormigueo juega en mi estómago. Es… ¿deseo? Seguimos besándonos. Sus labios bajan hasta mis hombros y suben hasta mi cuello. Un agradable escalofrío me atraviesa. Meto las manos bajo su camiseta y le acaricio la espalda, y luego el pecho definido y los abdominales. Desde que entró en el club de tenis hace un mes, su  cuerpo se está haciendo irresistible. Mis manos se mueven solas. Le quito la camiseta casi sin darme cuenta de que lo he hecho. Le beso el pecho desnudo. Él me imita y me quita la blusa. Sus cálidas manos recorren mi cuerpo.
-David…
-¿Qué? ¿Quieres que pare? – noto el nerviosismo en su voz. Está aún más alterado que yo.
-No, no. Quería decirte…
-¿Qué era? – pregunta al ver que no acabo mi frase.
-Creo que estoy lista para llegar hasta el final.
-¿De verdad?
-Sí. ¿Y tú?
-Estoy nervioso, pero sí.
Le rodeo el cuello con los brazos para atraerlo hacia mí y seguir probando sus labios.
-¿Tienes protección?
-No… Pero probablemente habrá aquí, ¿no?
Se levanta y desaparece tras las puertas del baño. La luz de las velas se refleja en su espalda y en su pelo. ¡Dios mío! ¡Voy a hacerlo con David! No me lo termino de creer aún. Enseguida, vuelve a mi lado con un paquetito cuadrado en la mano.
-¿Segura?
Asiento firmemente con la cabeza. Sé que si hablara, se notaría el nudo de mi garganta, y él no querría seguir, pensando que no estoy completamente segura de esto.
Vuelve a estar encima de mí, besándome con más fuerza que antes. Me quita los pantalones y después se quita los suyos. Mi piel arde cuando nuestros cuerpos entran en contacto. En un instante que me parecen horas, todo ocurre. Noto como nuestras respiraciones se entrecortan y mi pulso se acelera descomunalmente. Nuestros cuerpos se mueven coordinados. Una sensación totalmente nueva para mí me invade. Tengo que reprimir un pequeño gemido al notar una punzada de dolor y de placer al mismo tiempo.
Momentos después, David se tumba a mi lado, cansado. Ha sido único, inolvidable. Sin planearlo, nunca habíamos hablado de llegar hasta aquí. Pero no me arrepiento en absoluto.
Subo hasta la primera planta de la construcción. Mi mente es un caos después de esta oleada de sentimientos. El viento me revuelve el pelo. Estoy en el único balcón que queda en pie. Mi pulso va rapidísimo.
-¡Naiara! – me giró hacia el lugar de donde viene el grito. – ¡Naiara, no!
-David. – mi voz es un susurro casi inaudible.
-¡Nai! – lo veo correr hacia mí.  Llega hasta debajo del balcón donde estoy. - ¿Qué estás haciendo?
-¿Qué haces aquí?
-¿Qué haces TÚ aquí? - Prefiero no responder. – Vi la nota en tu casa. Fui a buscarte para devolverte unas cosas. La puerta estaba abierta. Te he buscado por todos lados, Naiara.
-Vete.
-No, voy a irme.
-Voy a acabar con esto ahora. – doy un paso hacia adelante.
-¡No! ¡Por favor!
-No me queda nada, David. No tengo por lo que luchar. ¿Para qué seguir dando trabajo a mis padres?
-Por favor… - Los dos lloramos. – Ya sé que es por mi culpa.
-No lo es. Tomaste una decisión y tenía que aceptarla. Si no lo he conseguido, es por mí.
La voz me tiembla. Por mi cabeza pasan las imágenes de aquel día.
David vuelve hoy de un viaje de dos meses. Son las cinco y media. He quedado con él a las seis. Pero voy a subir ya. Llamo al timbre de su piso.
-¿Eres el de la pizza?
¿El de la pizza? Bueno, por gastarle una broma.
-Sí.
Oigo como pulsa el botón que abre la puerta. Subo las escaleras sonriendo. Seguro que le sorprendo. Golpeo la puerta con la mano. Y me abre.
-¡Hola!
-¿Na-naiara?
-Sí. ¡Sorpresa!
-¿Qué haces aquí?
-Hemos quedado.
-Sí, a las seis.
-¿Es que te molesta que tu novia quiera pasar media hora más contigo? – sonrío y le rodeo el cuello con los brazos.
-No.
-¿Qué te pasa? Te noto muy raro desde hace un par de semanas.
-Es que… Tengo que decirte una cosa. Vamos dentro. – está serio. Incluso triste.
Nos sentamos en el sofá. Le cojo la mano, pero él se queda quieto.
-¿Pasa algo malo?
-Naiara. Creo que tengo que ser directo. – empiezo a preocuparme. No sé por qué, le suelto la mano. – Yo no quiero hacerte daño, no quiero que sufras. Pero, creo que es mejor que lo dejemos.
Intento decir algo, pero no puedo. Mi corazón se desmorona, noto una punzada en el estómago. No puede ser.
-Solo lo hago porque, creo que ya no siento lo mismo cuando, estamos juntos. Y me siento culpable pensando que… Que tú te esfuerzas en que esto salga adelante, sin saber lo que me pasa.
Estoy llorando. Mucho. David me pasa los dedos por la mejilla, intentando quitar las lágrimas. Le aparto la mano con la mía. Me levanto del sofá, decidida a irme.
-Me voy.
-Lo siento.
-Adiós.
-Lo siento, de verdad.
Salgo del piso dando un portazo, aunque no sé de dónde he sacado fuerzas para hacerlo.
-Que no…
-David, vete. Por favor.
-¡¿Para qué te tires?! Joder Naiara, piensa un momento. Piensa en tu familia y en tus amigos.
-Ya no tengo amigos.
-¿Cómo qué no? ¿Y qué pasa con Paula? ¿Y con Mario?
-Les traicioné. Ahora estoy sola.
-¡Dios! ¡Pues hazlo por mí!
-¿Por ti? ¿Cómo tienes la cara dura de decirme eso? ¡Me rompiste el corazón! Dejé muchas cosas por ti, y tú cortaste conmigo.
-¡Lo hice porque no quería que vivieras engañada! Pero me he dado cuenta de que fui un capullo. No sé qué es lo que me pasó en aquel viaje, creía que ya no te quería. Pero me di cuenta de lo mal que estaba sin ti, de que te necesitaba.
-Para.
-¿Qué?
-Para de mentir.
-No estoy mintiendo. Sé que no quieres estar conmigo, pero no puedes hacer esto.
-Lo voy a hacer. Y si no te vas, será delante de ti. Vete, ahora.
-No.
-Vale. Lo siento.
Me inclino hacia delante. Una sensación de vértigo está apunto de pararme, pero no lo hace. Salto. Caigo en el vacío. Ya está. Lo he hecho. 

martes, 14 de junio de 2011

Nuevo proyecto. Espero seguir escribiendo.

Pi-pi
Pi-pi
Pi-pi
Cojo el despertador y lo lanzo estampándolo contra la pared. Mierda, me lo he cargado. Bueno, tampoco me gustaba mucho. Es razonable, teniendo en cuenta que tiene un dibujo de Spiderman y tengo 17 años.
Me levanto de un salto y me pongo los vaqueros desgastados, una camisa de montañero abierta con una camiseta de Hard Rock Café Los Angeles, y mis Converses negras.
Recuerdo cuando vestía como el resto de chicos de mi clase. Llevaba camisetas surferas y vaqueros ‘’cagados’’. Ah, y botas de fútbol. Pero eso pertenece a la época fácil de mi vida. Y digo fácil porque aún no había descubierto lo que me pasa.
Entro en el baño y me paso los dedos por el pelo, alborotándolo un poco. Me miro en el espejo. Mañana tendré que afeitarme.
Cojo el móvil y las llaves y salgo de casa con un bizcochito en la boca. Hoy voy a pasar de ir al instituto. Total, no repetí por no estudiar, sino para librarme de los cabrones que me convirtieron en lo que soy ahora. Puedo aprobar sin estudiar en todo el curso si quiero.
Ya he llegado. Meto la llave, pero la puerta está atascada. Le doy una patada y la abro de par en par. Entro.
-Hola, tíos.
-¿Qué pasa, Guille?
-Tss… ¿Vais a ir a clase?
-No, ¿y tú?
-Paso. Quiero entrenar un rato.
-Ah, OK. Fran acaba de salir de la cámara. Cuidado, quema.
-¿Ya ha estado haciendo de las suyas?
-Sí, hoy le ha dado por meterle fuego a todo.
Miro a Fran. Está tirado en el sofá con los cascos puestos y la música al máximo volumen. Desde que se enteró de que su cuerpo genera llamas hace tres semanas, está todo el día con David y conmigo. David tiene 22 años y ve el futuro. Y yo… Yo… En resumen, que no somos un grupo muy “normal” que digamos.
Entro en la cámara. Todavía puedo notar el calor que ha dejado Fran. Me siento en un sillón de cuero y me concentro. Noto como la sangre recorre las venas y me sube al cerebro. Imágenes del día en el que me caí de la moto me pasan por la mente. Cuando estaba en la ambulancia, un ATS colocó mal en desfibrilador y demasiada corriente me llegó al cerebro. No hay explicación científica, peri mi cerebro mutó. Mejor dicho, mejoró.
-¡Guille! ¡Sal de ahí! Tenemos que entrenar pronto, mi madre no para de llamarme.
-¿Qué quiere tu madre?
-No lo sé.
-¿Y tú eres el que ve el futuro?
Bromeo con él cuando salgo de la cámara. Estoy nervioso. Frenético. Necesito descargar la tensión entrenando. David y yo nos sentamos en el sofá.
-Venga, voy a visualizar en mi mente una imagen. Intenta verla.
-Vale.
Cierro los ojos e intento entrar en su mente. Saber lo que piensa. Pero solo veo negro. Vacío. Pero poco a poco, una imagen va creándose. Los píxeles van tomando forma. Es… No lo veo. Parece… ¿mi madre? ¡Mi madre tirándose a David!
-¡Pero serás degenerado! ¡Capullo!
Me lanzo encima suya y lo inmovilizo mientras nos reímos a carcajadas.

miércoles, 8 de junio de 2011

Una de mis paranoias

Me conecto al chat, deseando que él esté. Pero no hay suerte… Está en modo ausente. Un poco triste por no encontrarlo, empiezo a ver fotos. Para ser más exactos, sus fotos. Y es que aunque sé que no debería quererlo tanto, no puedo evitarlo. Sé que lo nuestro no es ‘’nuestro’’ porque es imposible, y ese ‘’imposible’’ tiene nombre y apellidos. Sí, es ella, la tía buena del instituto que hace más amigos en un año de los que yo haré en los cuatro de E.S.O.
Pero bueno, vivo con la esperanza de que algún día se dé cuenta de que soy yo la que se preocupa por él, la que le ayuda con los estudios, y la que está enamorada, y no ella.
Miro la hora. Las cinco menos veinticinco. Decido abandonar. Voy a desconectarme ya. Pero justo antes de que le dé al botón, alguien me habla.
‘’Hola! Q tal?? ‘’
¡Es él!
``Hola!! J Yo bien y tú?’’
‘’Bien bien. ’’
‘’Me alegro! :P’’
‘’Oye, t apetece hacer algo esta tard??’’
El corazón se me acelera. ¡¡Dios!! Pero no puedo parecer una facilona.
‘’Puede’’
‘’A las 5 en el parque del instituto? Podemos ir al cine o algo’’
‘’Me parece bien’’
‘’Genial, entonces hasta luego’’
‘’Sí. Adioss’’
Se desconecta. ¡¡¡Qué fuerteeeee!!! ¿Es una cita? ¡Sí, lo es!
Apago el ordenador y empiezo a dar saltos por mi habitación como una loca. Canto y bailo una rítmica canción inventada con la letra más simple que mi mente adolescente y frenética puede idear. ¡Ya soy feliz!
Me meto en la ducha a la velocidad de la luz, y me lavo más rápido aún. Corro liada en una toalla hasta mi cuarto y revuelvo el armario entero hasta que la encuentro. Aquí está. La sudadera que me regaló él por mi cumpleaños, cuando estábamos en el colegio. Me quedaba enorme, pero ahora me está perfecta. ¿Se acordará al verla? Puede. Espero. Es muy chula, pero si me encanta tanto es porque fue su regalo.
Me visto lo más monísima de la muerte que puedo, me peino, y me maquillo un poco, rollo natural. Me miró al espejo. ¡Listo! Son las cinco menos cinco. Cojo mi bolso preferido y guardo en él todo lo que creo que puede ser necesario.
Aviso a mis padres de que me voy mientras salgo de mi casa y cierro con un portazo. Cuando llego a la esquina… ¡Mierda! ¡El móvil! Me lo he dejado. Pero no puedo ir a por él, son las cinco en punto. Me arriesgaré al muy posible castigo por salir y volver tarde y no llevar el móvil, pero da igual.
Las cinco y tres minutos. Bien, sigo en la tardanza de cortesía al llegar al parque. Menos mal… Lo busco con la mirada. ¡Allí está! Que guapo… Me lo comía entero… Por favor, espero que esto vaya bien. ¿Y si solo quiere quedar como amigos? ¿O para luego encontrarse con ella? Aish… Me estoy poniendo nerviosa.
-¡Hola! – le grito
Me saluda con la mano y sonríe. – Hola, guapa.
¡¡Guapa!! J
-¿Llevas mucho esperando?
-No, no te preocupes. – Esta vez soy yo la que sonríe.
-¿Qué peli vamos a ver?
-Había pensado en una de miedo, La cuarta fase.
-Ah, sí. He visto el tráiler. Seguro que es buena.
-¡Eso espero! Por cierto, si te asustas y chillas o me agarras, ¿puedo reírme?
-¡Ni se te ocurra! – hago como que me enfado.
-Vaaale… No lo haré.
Sonrío y le saco la lengua, haciendo una mueca.
Y él me imita. Nos reímos. Nos reímos juntos.
Entramos al cine que hay enfrente del parque. Hay poca gente, menos mal. Compramos las entradas, y cómo falta mucho tiempo, decidimos ir un rato a los recreativos.
-Te reto a una partida de billar. – le sonrío desafiante.
-Acepto, y además ganaré.
-Oh, ni lo sueñes.
Preparamos la partida y empezamos. Él mete las dos primeras bolas, y se burla bromeando de mí.  Pero entonces me da por concentrarme y entro en racha. Consigo meter cuatro bolas seguidas como una experta.
-Bueno, bueno. Puede que tengas que tragarte tus palabras.
-Puede…Y, si ganas, te invito al burguer, ¿te apetece?
-¿En serio?
-Palabra.
-Claro. Prepara el dinero. – me rio y seguimos con la partida.
Después de media hora jugando, me proclamo ganadora, y por lo tanto invitada a cenar. Aunque existe una gran probabilidad de que me haya dejado ganar…
Subimos al cine, y después de comprar palomitas y refrescos, entramos en la sala. Buscamos nuestras butacas y nos sentamos justo cuando apagan las luces para proyectar los tráilers. 
-Espero que te de mucho miedo.
-¿Por qué? ¿Te divertiría verme asustada?
-También, pero lo decía para que intentaras raptar a mi brazo, ya sabes, lo típico.
-Soy lo suficientemente valiente como para no agarrar a nadie.
Pero me equivocaba. He estado toda la película muerta de miedo. Dando saltitos en la butaca en los peores momentos, y deseando saltar encima de él. Y en el momento más terrorífico de la proyección, no he podido evitarlo y le he agarrado la mano. Intenté soltarlo en cuanto me dí cuenta, pero él no me dejó. Me miró, se rió y siguió sujetándome la mano.
Salimos de la sala, bromeando.
-En serio, no me he asustado.
-¿Qué no? ¡Pero si estabas temblando!
-¡Mentira! – le pego en el hombro sin mucha fuerza.
-Vale, vale. Solo te has asustado cuando me has cogido la mano.
-Bueno, ahí sí. ¡Pero tú también!
-¿Qué? ¿Yo? ¡Qué va!
-¿Y por qué no me soltaste? – digo esperando cualquier excusa tonta.
-Porque quería que siguiéramos cogidos de la mano.
No tengo respuesta con la que contraatacar. Notó como se sonrojan mis mejillas y el pulso se me acelera.
-Bueno, vamos a cumplir mi promesa ¿eh?
Asiento con la cabeza. Aún estoy perpleja.
Paseamos hasta llegar al burguer más cercano. Nos sentamos y pedimos. Charlamos hasta que llega la comida y luego comemos con hambre. Nos hemos confundido con el tamaño del paquete de palomitas y nos ha sabido a poco.
Al acabar, voy al baño para arreglarme un poco el pelo, y luego nos vamos.
-¿Quieres ir al parque a dar una vuelta o a tomar un helado?- le pregunto y al segundo me arrepiento, pensando en la posible negativa por su parte.
-Buena idea. Tengo antojo de helado.
Mientras andamos, se me viene a la cabeza ella, la chica popular. Resulta que al final no tenía nada que ver con esto. Pero, eso no significa que yo le guste a Marcos. O sí, porque esto parece una cita en toda regla. No sé… Y no sé si quiero saberlo.
Llegamos al parque y compramos un helado cada uno. Vamos hasta un banco y nos sentamos.
-Prueba. – miro hacia él, está ofreciéndome probar su helado, con su cucharilla. Saboreo su helado, está buenísimo.
-Mmm… Que rico. Ahora tú. – hago lo mismo que él, solo que esta vez es mi helado de turrón. Y cuando está a punto de llevárselo a la boca, muevo la cucharilla para mancharle la punta de la nariz. Sonrío maliciosa y bromista al mismo tiempo.
-¡Ah! ¡Está frío! ¡Serás…!
Me levanto del banco y echo a correr mientras me persigue. Está a punto de alcanzarme. Él hace un último esfuerzo y consigue agarrarme y llevarme casi en volandas hasta el césped.
-¡Ay!
-Venganza.
-¡No!
Inevitablemente, me mancha la mitad de la cara con su helado.
-¡Ah! ¡Yo no he sido tan mala! – consigo decir entre risas.
-Toma, anda. Límpiate. – me pasa unas cuantas servilletas. Me limpio  y, por suerte, no estoy pegajosa.
-Eres malo… - digo intentando enfadarme, pero no puedo evitar sonreír.
Me mira riéndose en la oscuridad de la noche. Y no aparta la mirada de mis ojos. Ni yo tampoco. Estoy nerviosa, pero es como si un imán me impidiera dejar de admirarle.
Suena su móvil. Un mensaje que rompe la magia del momento. Lo lee serio.
-¿Algún problema?
-Que va. Es Sonia.
-¿La que está en nuestra clase?
-Sí. Lo ha dejado con su novio y ahora no me deja en paz.
-Pero… ¿A ti te gusta ella?
-Reconozco que la chica es muy mona y eso, pero no. A mí me gusta otra que le dá dos mil vueltas.
-¿Quién es?
-No te lo puedo decir. Soy incapaz. Me da corte.
-¿De mí? Pero si hemos sido como hermanos.
-Pero… Bueno, ya te lo diré. ¿Y a ti?
-¿A mí qué?
-Que quién te gusta.
-Te lo digo si tú me lo dices.
-Vale.
¡Soy tonta! ¿Cómo narices he llegado hasta aquí? ¡No controlo mis actos!
-Pues… - se me hace un nudo en la garganta, me cuesta respirar y no consigo hablar. Me sonrojó lo suficiente como para que él lo note.
-Te estás poniendo colorada. – sonríe – Si no quieres decirlo no pasa nada, ¿eh?
-Me gustas tú, Marcos. – No sé cómo he podido decírselo, pero al hacerlo todo empieza a darme vueltas, aunque intento seguir consciente al menos.
-¿De verdad?
-¿Te lo diría si no lo fuese? – me quedo mirándolo, su mirada demuestra que está confuso, sorprendido. Mierda, ¿qué he hecho? – Y-y ¿a ti? – tartamudeo a causa de los nervios.
-A mí, Cristina.
-¿Cristina? ¿Qué Cristina? – sorprendentemente hay tres chicas llamadas Cristina en mi clase, y alguna más habrá en el resto de cursos.
-Cris.
-¿Cris? Si no especificas, no voy a enterarme.
Se acerca a mí andando con las rodillas, manchadas por el césped. Yo sigo inmóvil hasta notar su respiración. Me hecho hacia atrás y me siento cruzando las piernas, impaciente.
-Cris, tú.
¿Qué? ¿En serio? No me lo puedo creer. Esto es una broma o algo por el estilo.
-¿YO? – él afirma con la cabeza. Está más cerca de mí.
Noto su aliento en mis labios. ¿Quiere besarme?
Está de rodillas, apoyando sus manos en mis muslos. Apoya su frente en la mía. Respiramos a la vez, nerviosos. Dudo que sea su primer beso, pero yo tengo cero experiencia. Mis manos se mueven solas, agarro las solapas de su chaqueta. Y siento que solo existimos nosotros dos. Nuestras narices se rozan y nuestras bocas están a escasos centímetros. Y es él el que lo hace. Me besa. Primero suavemente. Poco a poco nos sumergimos en el beso, es más intenso. Separamos los labios a la vez y los volvemos a unir.
-Te quiero. – le susurro, temblándome la voz.
Me mira y sonríe, y vuelve a rozar mis labios. Tiro de él y nos caemos, tumbándonos en el frío césped. Le acaricio el pelo y el cuello, y le beso con pasión, descargando los sentimientos de estos años atrás, en los que descubrí que estoy enamorada de él.
Me pasa la mano por la frente, apartándome el flequillo. Me da un beso rápido, un pico.
-Es tarde, tenemos que volver.
-¿Qué hora es?
-Las doce menos cuarto.
-Jo… No quiero irme.
-Yo tampoco, pero todavía mis padres tienen poder sobre mí. – sonríe otra vez, feliz.
-Vaaale…
Se levanta y me ofrece la mano para ayudarme a levantarme.
Paseamos bajo la luna casi invisible, es una noche oscura, pero preciosa. Llegamos a la puerta de mi casa.
-¿Te lo has pasado bien, Cris?
-¿Tú que crees? Ha sido una tarde increíble. Sobretodo el final.
-Me alegro. Que pena que haya terminado.
-Tranquilo, nos quedan muchas tardes por vivir, somos jóvenes. – nos reímos, aunque no tiene gracia, pero… - Me voy. ¿Te veo mañana?
-Mañana no puedo. Voy al pueblo de mis abuelos a visitarlos, vuelvo tarde. Pero nos vemos el lunes en clase ¿vale?
-Sí. – me acerco a él y le beso en la mejilla con cariño. – Adiós guapísimo.
-Adiós, Cristi. Hasta el lunes.
Entro en mi casa feliz.
Suelto el bolso y me quito la sudadera, acalorada.
-¡Ya estoy aquí!
Ando hasta el salón. Mi padre ve la televisión, baloncesto, y mi madre sostiene una revista entre las manos.
-¿Te parece que estas son horas de volver? – mi madre está enfadada. - ¿Y tu móvil? Te he llamado mil veces.
-M-me lo he olvidado aquí…
-¿Qué te lo has olvidado?  ¿Para eso querías que te lo comprásemos?
-Lo siento, mamá…
-Lo siento, lo siento. – mi padre entra en la discusión.
-Papá…
-Estás castigada. – su voz seria y profunda hace ademán de asustarme, pero no lo consigue. -Dos semanas sin salir.
-¿¡Qué!?
-No sabes el susto que nos has dado.
-Joder… - me rindo, no puedo hacer nada contra ellos.
Subo a mi habitación, triste y enfadada. Doy un portazo y me dejo caer en la cama boca arriba. Enciendo el ordenador y entro en Tuenti. Sin novedades. Me conecto al chat, en busca de alguien que me entienda y que quiera escucharme.
Mis amigas no están conectadas. Solo veo el nick de algunos de mis primos. Y el suyo: “Buena tarde. La mejor compañía posible.”  ¿Lo dirá por mí? Por quién iba a ser si no.
Voy a hablarle. Pero no sé qué decirle… ¿Qué se supone que somos después de esta noche? Creo que haré como si nada.
“Hola!”
Tarda en contestar. Espero impaciente.
“Buenas! Q tal?”
“Bien, cansada, y tú?”
“Muy bn J
Vale. Por ahora bien. Pero no sé cómo seguir la conversación.
“Mañana no voy a estar. Pero, qieres qdar el lunes?”
“El lunes? Sabes q el martes tenemos un examen final no?”
“Qué??!!!! … :O”
“Sí, de mates. Además, estoy castigada…”
“Xq, gamberra? :P”
“X llegar tan tard a casa. Y x no coger el móvil. L
“Vaya… L
“Ya…”
“Escápate”
“eee?? ¬¬’’
“No, mejor no. Matarías a tus padres de un ataque al corazón.”
“Probablemente xD”
J
“Bueno, tengo que irme. Es tarde y si me pillan conectada a estas horas…”
“Vale. El lunes nos vemos.”
“Sí, adiós.”
“Ah, Cristina”
“Q?”
Vuelve a tardar en escribir.
“Nada,  creía q me había olvidado las gafas d sol en tu bolso. Pero ya las tengo.”
“Ah, ok. Ciao!”
“Adiós”
Me había hecho ilusiones. Creí que me iba a decir que me quiere. Cualquier cosa por el estilo me hubiera hecho rebosar alegría. Pero bueno, es muy pronto. Ni siquiera sé lo que somos, solo que le gusto.
Me desconecto del chat y apago el ordenador. Me pongo el pijama y me refugio en mis sábanas suaves y frías. Que sueño… Apago la luz, y al instante, mis parpados se cierran.