domingo, 26 de junio de 2011

Historia de un suicidio (Completa)

Subo un pie y después otro. Me tiemblan las piernas. Mejor dicho, me tiembla todo el cuerpo. Los recuerdos me invaden. Las lágrimas cruzan mi cara hasta que caen al eterno olvido.
Me inclino hacia delante para comprobar que no hay nadie cerca. Una oleada de dolor me invade al recordar.
Una sucesión de recuerdos pasa por mi mente. Veo a mis padres, a mi perro, a mi familia, a mis amigos. Podría decirse que es un complot. Todos me han decepcionado. Y lo veo a él. Sobre todo a él. Intento imaginar su rostro empapado por las lágrimas, pero algo en mí me devuelve  la realidad. Una bofetada que sabe que eso nunca sucederá. Ya me lo dijo, olvidada para siempre.
Otra escena me abarca:
-Me gustas.
No me lo puedo creer. Estoy en el dormitorio de David y me ha dicho que le gusto. Esto debe ser una alucinación.
-¿De verdad?
-Sí.
Le miro a los ojos, y me pierdo en ellos. Esos ojos del color de la coca-cola, como dice la canción.
-Tú también me gustas.
Sonríe. Y lo imito. Estamos sentados en la cama. Más cerca de lo que solemos estar.
-¿Crees que podríamos ser novios?
-A lo mejor. ¿Lo intentamos?
-Vale. Entonces tenemos que besarnos, ¿no?
-Eso creo.
Se acerca a mí gateando sobre la cama. Estoy nerviosa. Impaciente. Nuestras frentes se tocan. Luego, nuestras narices. Y finalmente, nuestros labios se unen en un sutil e inocente beso. Segundos en los que todo tipo de emociones me invaden.
No fue muy romántico, pero teníamos catorce años y éramos de lo más inocente que quedaba de nuestra edad. Las lágrimas inundan mis mejillas, ahora sonrojadas por el recuerdo. Todo era fácil. Todo se resolvía rápido y sin dolor. Tiempos felices en los que la frustración no cabía en mi corazón.
Vuelvo a asomarme. Un coche con altavoces anuncia la visita a la ciudad de Marc Zuckerberg, el creador de Facebook. Otro recuerdo toma mi cuerpo.
Es nuestro octavo mes de rollo. Aunque dijimos de ser novios, no hemos llegado a nada. Solo amigos que quedan y acaban enrollándose, algún regalo, muchas bromas,…
Estamos viendo “La red social”. Una película sobre Facebook. Estamos cogidos de la mano y tirados en el sofá de la buhardilla. La película se acaba.
-¿Te ha gustado?
-Sí, es muy buena.
-Si. Oye, quería decirte una cosa.
-Ah, adelante.
-¿A ti te gusta estar así conmigo?
-¿Así cómo?
-De rollo.
-Sí, eres un sol. – Sonrío, le saco la lengua y me tumbo al lado de él.
-Pero… ¿Crees que esto podría ir a más?
-¿Quieres decir formalizarlo?
-Sí.
No respondo. No quiero decirle que no, pero tengo miedo a decirle que sí y que se asuste.
-Pues… - Al ver que no contesto sigue.– No quiero que te asustes – Gira el cuerpo hacia mí y apoya la cabeza en la mano. – Me divierto mucho contigo, nunca me canso de que estemos juntos aunque sea para tirarnos en el sofá. Además, cuando nos enrollamos… Me parece que se olvidan los problemas. – Ya no sonrío. Lo miro fijamente, esperando a que siga. – Creo que te quiero.
-¿Qué me quieres? – Estoy atónita. Durante este tiempo me ha parecido que somos más amigos que otra cosa.
-Sí… ¿Quieres que empecemos de verdad? A ir más en serio, digo.
Me he quedado a cuadros, pero estoy eufórica al mismo tiempo. Tengo ganas de gritarle que sí, pero no me salen las palabras. Asiento con la cabeza y le susurro que sí. Una sonrisa le invade la cara. Enseña los dientes, y eso lo hace aún más sexy. Me giro y acabo encima de él, sobre su pecho. Le paso la mano por la frente, apartándole el flequillo.
-Guapo.
Le doy un beso en la nariz y se ríe. Apoyo la cabeza en el hueco de su cuello.
Mierda. Me estoy poniendo peor. No puedo acabar así. Mis padres no se lo merecen. Me bajo del poyete y vuelvo a entrar en el edificio. Bajo en el ascensor y entro en casa. No hay nadie. Voy a mi dormitorio y rebusco entre mi desorden personal. Encuentro un par de folios y un bolígrafo, y empiezo a escribir. Mis dedos se mueven ágilmente. Termino pronto, no voy a torturarme escribiendo a todas esas personas que me han fallado. Bueno, a él sí. Quiero explicárselo todo, porque aunque ya no le importe, una vez lo hice, y creo que se merece saber por qué hago esto.
“Para David: Sólo he encontrado una razón por la que hago esto. Somos frágiles, y yo lo soy demasiado como para aguantar esta situación. Estoy sola y me he dado cuenta. Sola, sin nadie. Nadie que consiga convencerme de que me quiere, de que me protegerían o me ayudarían. No quiero que pienses que es culpa tuya, pero esto empezó cuando me enamoré de ti. Dejé a mis amigos de lado para estar contigo. Los abandoné. Y cuando tú me abandonaste a mí, era demasiado tarde como para volver atrás. Espero que seas muy feliz. Te quiero.”
Dejo el papel sobre la mesa. Lo verán pronto.
Salgo de casa. Mientras que subo la escalera me doy cuenta de una cosa. ¡No puedo hacerlo aquí! Si fuera mi prima la que me encontrase… ¡Por qué tenía que ser mi vecina! Mierda, tengo que ir a otro sitio.
Salgo del edificio y me dirijo hacia las afueras de la ciudad. Hay un edificio abandonado que valdrá. Camino arrastrando los pies. No sé si estoy segura de querer llegar a mi destino. Pero… ¿entonces cómo sé que de verdad quiero hacerlo?
Más recuerdos.
Estoy de mala leche y no sé cómo arreglarlo… Desde que he discutido con la niñata esa esta mañana, estoy a límite.
Llaman al timbre. Me levanto de la cama y voy hasta el telefonillo.
-¿Quién es?
-Soy David. ¿Está Naiara?
-Sí, soy yo. Estoy sola.
-¿Puedo subir?
-Claro.
Pulso el botón que abre la puerta. Enseguida, él está arriba.
-Hola, preciosa.
Se acerca a mí y me besa cariñosamente. Siento que no tengo fuerzas ni para contestarle.
-¿Qué película es? – señala a la pantalla del televisor que cuelga de la pared.
-“Rumores y mentiras”. - Se sienta en el sofá. - David, está mañana me he peleado con una “amiga” tuya.
-¡¿Qué?!
-Me ha dicho que se llama Marta.
-¿Marta?
-Sí.
-¿Pero qué ha pasado?
-Cuando estaba a punto de entrar en clase, me ha parado en la puerta. Me ha preguntado que quién era, y que por qué te acoso. También me ha dicho que soy una zorra y que te como el coco. – se me hace un nudo en la garganta. - ¿Quién es, David?
-Es… Es mi ex. – se me abre la boca de pura sorpresa.- Según me han dicho, no superó la ruptura y  sigue empeñada en contar que aún estamos juntos.
-¿Qué…?
-Pero no es verdad. Ya lo sabes. Yo te quiero a ti, ella es historia.
-David… Esa tía va diciendo cosas por ahí. ¡Y tú lo permites!
-¡¿Qué?! ¿Pero qué quieres que haga yo?
-Yo qué sé… Sólo quiero saber que esto es de verdad.
-Pero no te fías de mi palabra. Te dije que quería formalizarlo porque te quiero.
-Vamos, David. Todos conocemos tu pasado, y no es que fueras muy monógamo, la verdad.
Su expresión de enfado cambia a la de decepción.
-¿Esa es la imagen que tienes de mí?
-No. Yo no quiero decir… -Se da la vuelta y se va. Voy detrás de él- ¡David! De verdad, que no.
-Déjalo.
Da un portazo y me deja allí. Joder, la he cagado. Mierda, mierda, mierda.
La primera pelea. Y no la más dolorosa, pero casi.
Esa noche no dormí. Los remordimientos no me dejaron pegar ojo. Pero unos días después, se aclaró todo. Aunque no tenía por qué, David me regaló una cita romántica en un hotel de spa. Obviamente a nombre del padre, y con permiso de este.
Me escribió un poema. Y sé perfectamente que lo hizo él. A partir de ese día no dudé nunca más de él en esos temas.
Llego al edificio casi en ruinas. Mi cuerpo se estremece. Otra escena más me aborda como una ola gigante.
-¿De verdad?
-Totalmente. – David ha conseguido reservar una habitación en un hotel por nuestro aniversario. (No me gusta esa palabra, suena a viejo) Dos años ya. – Pero solo podemos pedir comida y esas cosas. El ocio del hotel no entra en el lote. Me sonríe y me coge la barbilla con dos dedos.
-Eres un príncipe. Mi príncipe.
-Anda ya…
-Bueno, pues voy  ducharme. ¿Me esperas aquí?
-Sí.
-Pon la tele si quieres.
-Vaaale. Venga, anda. Dúchate
-Voy. No te duermas.
-No tardes y no me dormiré.
Sonrío y me meto en el baño.
Al rato salgó bañada, vestida y lista para irme.
-¿Nos vamos?
-Sí.
Nos montamos en su moto, y vamos hacia el hotel. Cuando llegamos, un hombre nos aparca la moto y subimos a la habitación. Vamos cogidos de la mano hasta la puerta. Él pasa una tarjeta por un aparato y abre. Al entrar, un olor a rosas y a velas perfumadas me sorprende.
-Vaya…
La habitación está llena de jarrones con rosas, velas y la comida está servida. Cenamos mientras hablamos de todo. La carne está estupenda. Esto le habrá salido por un ojo de la cara. Cuando terminamos el festín, nos tiramos en la cama gigante que ocupa casi la mitad de la  habitación.
-Eres genial.
-Tú eres más genial, por eso he hecho esto.
-¿No lo has hecho porque me quieres? – bromeo.
-No. Lo he hecho porque te amo.
-Ven aquí. – palmeo el hueco que hay en la cama a mi lado. Él se acerca y se tumba, rodeándome con los brazos. – No puedo creer que esto esté pasando de verdad.
-Va, créetelo. Que me lo he currado, la habitación la he preparado yo.
-Sí, hombre.
 -Vale, me has pillado.
Se gira y acaba encima de mí. Hace presión, pero no pesa. Me besa, de una manera que nunca había notado tan claramente. Un extraño calor me recorre las venas. Y un hormigueo juega en mi estómago. Es… ¿deseo? Seguimos besándonos. Sus labios bajan hasta mis hombros y suben hasta mi cuello. Un agradable escalofrío me atraviesa. Meto las manos bajo su camiseta y le acaricio la espalda, y luego el pecho definido y los abdominales. Desde que entró en el club de tenis hace un mes, su  cuerpo se está haciendo irresistible. Mis manos se mueven solas. Le quito la camiseta casi sin darme cuenta de que lo he hecho. Le beso el pecho desnudo. Él me imita y me quita la blusa. Sus cálidas manos recorren mi cuerpo.
-David…
-¿Qué? ¿Quieres que pare? – noto el nerviosismo en su voz. Está aún más alterado que yo.
-No, no. Quería decirte…
-¿Qué era? – pregunta al ver que no acabo mi frase.
-Creo que estoy lista para llegar hasta el final.
-¿De verdad?
-Sí. ¿Y tú?
-Estoy nervioso, pero sí.
Le rodeo el cuello con los brazos para atraerlo hacia mí y seguir probando sus labios.
-¿Tienes protección?
-No… Pero probablemente habrá aquí, ¿no?
Se levanta y desaparece tras las puertas del baño. La luz de las velas se refleja en su espalda y en su pelo. ¡Dios mío! ¡Voy a hacerlo con David! No me lo termino de creer aún. Enseguida, vuelve a mi lado con un paquetito cuadrado en la mano.
-¿Segura?
Asiento firmemente con la cabeza. Sé que si hablara, se notaría el nudo de mi garganta, y él no querría seguir, pensando que no estoy completamente segura de esto.
Vuelve a estar encima de mí, besándome con más fuerza que antes. Me quita los pantalones y después se quita los suyos. Mi piel arde cuando nuestros cuerpos entran en contacto. En un instante que me parecen horas, todo ocurre. Noto como nuestras respiraciones se entrecortan y mi pulso se acelera descomunalmente. Nuestros cuerpos se mueven coordinados. Una sensación totalmente nueva para mí me invade. Tengo que reprimir un pequeño gemido al notar una punzada de dolor y de placer al mismo tiempo.
Momentos después, David se tumba a mi lado, cansado. Ha sido único, inolvidable. Sin planearlo, nunca habíamos hablado de llegar hasta aquí. Pero no me arrepiento en absoluto.
Subo hasta la primera planta de la construcción. Mi mente es un caos después de esta oleada de sentimientos. El viento me revuelve el pelo. Estoy en el único balcón que queda en pie. Mi pulso va rapidísimo.
-¡Naiara! – me giró hacia el lugar de donde viene el grito. – ¡Naiara, no!
-David. – mi voz es un susurro casi inaudible.
-¡Nai! – lo veo correr hacia mí.  Llega hasta debajo del balcón donde estoy. - ¿Qué estás haciendo?
-¿Qué haces aquí?
-¿Qué haces TÚ aquí? - Prefiero no responder. – Vi la nota en tu casa. Fui a buscarte para devolverte unas cosas. La puerta estaba abierta. Te he buscado por todos lados, Naiara.
-Vete.
-No, voy a irme.
-Voy a acabar con esto ahora. – doy un paso hacia adelante.
-¡No! ¡Por favor!
-No me queda nada, David. No tengo por lo que luchar. ¿Para qué seguir dando trabajo a mis padres?
-Por favor… - Los dos lloramos. – Ya sé que es por mi culpa.
-No lo es. Tomaste una decisión y tenía que aceptarla. Si no lo he conseguido, es por mí.
La voz me tiembla. Por mi cabeza pasan las imágenes de aquel día.
David vuelve hoy de un viaje de dos meses. Son las cinco y media. He quedado con él a las seis. Pero voy a subir ya. Llamo al timbre de su piso.
-¿Eres el de la pizza?
¿El de la pizza? Bueno, por gastarle una broma.
-Sí.
Oigo como pulsa el botón que abre la puerta. Subo las escaleras sonriendo. Seguro que le sorprendo. Golpeo la puerta con la mano. Y me abre.
-¡Hola!
-¿Na-naiara?
-Sí. ¡Sorpresa!
-¿Qué haces aquí?
-Hemos quedado.
-Sí, a las seis.
-¿Es que te molesta que tu novia quiera pasar media hora más contigo? – sonrío y le rodeo el cuello con los brazos.
-No.
-¿Qué te pasa? Te noto muy raro desde hace un par de semanas.
-Es que… Tengo que decirte una cosa. Vamos dentro. – está serio. Incluso triste.
Nos sentamos en el sofá. Le cojo la mano, pero él se queda quieto.
-¿Pasa algo malo?
-Naiara. Creo que tengo que ser directo. – empiezo a preocuparme. No sé por qué, le suelto la mano. – Yo no quiero hacerte daño, no quiero que sufras. Pero, creo que es mejor que lo dejemos.
Intento decir algo, pero no puedo. Mi corazón se desmorona, noto una punzada en el estómago. No puede ser.
-Solo lo hago porque, creo que ya no siento lo mismo cuando, estamos juntos. Y me siento culpable pensando que… Que tú te esfuerzas en que esto salga adelante, sin saber lo que me pasa.
Estoy llorando. Mucho. David me pasa los dedos por la mejilla, intentando quitar las lágrimas. Le aparto la mano con la mía. Me levanto del sofá, decidida a irme.
-Me voy.
-Lo siento.
-Adiós.
-Lo siento, de verdad.
Salgo del piso dando un portazo, aunque no sé de dónde he sacado fuerzas para hacerlo.
-Que no…
-David, vete. Por favor.
-¡¿Para qué te tires?! Joder Naiara, piensa un momento. Piensa en tu familia y en tus amigos.
-Ya no tengo amigos.
-¿Cómo qué no? ¿Y qué pasa con Paula? ¿Y con Mario?
-Les traicioné. Ahora estoy sola.
-¡Dios! ¡Pues hazlo por mí!
-¿Por ti? ¿Cómo tienes la cara dura de decirme eso? ¡Me rompiste el corazón! Dejé muchas cosas por ti, y tú cortaste conmigo.
-¡Lo hice porque no quería que vivieras engañada! Pero me he dado cuenta de que fui un capullo. No sé qué es lo que me pasó en aquel viaje, creía que ya no te quería. Pero me di cuenta de lo mal que estaba sin ti, de que te necesitaba.
-Para.
-¿Qué?
-Para de mentir.
-No estoy mintiendo. Sé que no quieres estar conmigo, pero no puedes hacer esto.
-Lo voy a hacer. Y si no te vas, será delante de ti. Vete, ahora.
-No.
-Vale. Lo siento.
Me inclino hacia delante. Una sensación de vértigo está apunto de pararme, pero no lo hace. Salto. Caigo en el vacío. Ya está. Lo he hecho. 

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