viernes, 24 de febrero de 2012

Relato para concurso narrativo: Alicia

Uno de los vigilantes cierra el puño y le golpea en la cara, tirándolo al suelo de tierra. En ese mismo instante me doy cuenta de que no puedo más. Tengo que salir de aquí ya.
En cuanto el vigilante se gira, corro hacia Jared, que tiene la media cara de un rojo impresionante, para ayudarle a levantarse.
-¿Estás bien? - Le pregunto mientras le pongo mi mano fría en la mejilla.
-Podría estar mejor.
-No aguanto más esto. Voy a irme, ¿vienes conmigo?
-¿Te refieres a… escapar? Esto es una granja para esclavos, ninguno de los nuestros ha conseguido salir de aquí sin que lo acribillen dos metros después.
-Nosotros vamos a ser los primeros.

Esa misma noche, empezamos a pensar como nos iremos. Si consiguiéramos despistar a los vigilantes, tan solo tendríamos que saltar una valla y echar a correr.
-¿Y después? No querrás que deambulemos hasta morir de hambre, supongo.
-Iremos a algún pueblo cercano y buscaremos trabajo.
-No nos lo darán. No quieren ni ver a los negros.
-Pero seguro que encontramos algo que hacer… En cualquier sitio estaremos mejor que aquí.
-¿Adónde vais? – una niñita aparece por la parte más oscura del granero. Es Aretha, huérfana, al igual que yo. – Quiero ir con vosotros.
-No vamos a ningún sitio, cariño. – le digo mientras la siento en mi regazo.
-Habéis dicho que os vais. ¿Por qué no me lleváis? Yo también quiero irme de aquí. No quiero seguir trabajando tanto todos los días, ni tener que ver como matan a mis amigos. No quiero que tener que seguir callándome y aguantando cuando un hombre blanco me pegue. Quiero ser tan feliz como ellos.
Miro a Jared a la vez que él a mí. No podemos dejarla aquí. Y menos después de semejante parrafada.
Con prisa, metemos en un saco todas nuestras pertenencias, que son pocas. Me asomo a la ventana antes de irnos. A lo lejos se ve como le dan una paliza a un anciano, uno de los nuestros. La rabia me quema las venas y mi deseo de escapar se hace aún mayor.
-Vámonos ya. Los vigilantes están ocupados.
Con los sacos a la espalda, salimos del granero.
-Vayamos por las sombras más oscuras. – dice Jared con la voz temblorosa.
Nos deslizamos por la oscuridad sigilosamente, escabulléndonos de los guardias con grandes bates de madera, hasta llegar a la valla.
-¡Eh, vosotros! – Un vigilante nos sorprende con sus gritos, provenientes del otro lado de la valla. - ¡Earl, ven con las armas! Unos negros se están escapando.
Empezamos a correr con todas nuestras fuerzas y desaparecemos en la oscuridad de la noche, pero no sin antes oír al guardia.
-Os encontraré, sucios perros. Os encontraré y os mataré yo mismo. ¡Corred, corred!
Y con esa amenaza en la cabeza, soy la última en dormirse entre los matorrales.
El sol tibio del otoño norteamericano nos despierta a los tres. Un rugido de mi estómago sentencia que es la hora de comer. Nos tendremos que conformar con el aire.
Caminamos durante tres días hasta entrar en un pueblo y nos tiramos delante de un bar, pero nos despiden con algún insulto referido a nuestra piel y con el estómago vacío.
Y así en cada maldito lugar de este maldito pueblo.
Cuando lo damos todo por perdido, una voz grave nos sorprende.
-¿Estáis heridos? – un hombre blanco se acerca a nosotros. – Seguro que tenéis hambre. Si me acompañáis a la iglesia os puedo dar comida.
¿Un hombre blanco regalando comida a unos niños de color?
-Dios le bendiga. – Es lo único que la sorpresa me permite decir.

Una media hora después, estamos en la sacristía de una iglesia engullendo pan y gachas.
-¿Por qué hace esto? – le pregunto al hombre, que al parecer es el sucesor del cura del pueblo.
-Supongo que sabréis que la mayoría de la gente prefiere dejar morir de hambre a cualquiera que no sea blanco, en estos tiempos que corren, incluso el antiguo cura. Pero yo creo que Dios no quiere esto. Me gusta pensar que lo que quiere es que todos podamos vivir en paz. Y espero que los hombres crueles que manejan esta idea sádica de trataros como animales ardan en el infierno.
-No debería decir eso en voz alta. Seguramente le colgarían sus mismos feligreses. – añade Jared.
-Lo sé. – suspira. - ¿Qué pensáis hacer? No os quedaréis aquí, ¿verdad?
-Vamos a buscar un sitio en el que seamos felices. – dice tímidamente Aretha, a la que creíamos ajena a la conversación.
Ojalá. Pero me parece que no va a ser tan fácil.
-Hemos escapado. Y estamos buscando un sitio donde quedarnos en el que nos traten mejor. – se me quiebra la voz en la última palabra, al darme cuenta de que ese sitio no existe. En la granja al menos nos daban comida (en mal estado y sobras, pero comida al fin y al cabo), pero desde que hemos salido, estamos aún peor. – Solo queremos vivir honradamente. Esperaba que alguien nos diera trabajo, pero parece que va a ser imposible que nos miren como a personas.
-Yo… no quiero daros falsas esperanzas, pero se escucha por aquí que en algunas granjas del estado, la gente está empezando a rebelarse y están consiguiendo escapar.
Me giro y veo, por primera vez, a Jared llorando. No puedo evitar derramar una lágrima al saber que también piensa que solo hemos salido de allí para estar peor.
-Podéis pasar esta noche aquí, pero tenéis que estar escondidos y en silencio.
-Gracias, señor cura. – Aretha se acerca a él y le abraza.
-Vaya, que… cariñosa. ¿Y tú cuántos años tienes, pequeña?
-Ocho. Pero no crea que soy pequeña, como ellos dos hacen. – nos mira con reproche. – Soy la niña que más rápido mueve las piedras grandes de la granja.
El hombre sonríe y nos lleva hasta una escondida habitación con olor a humedad.

-Jared, ¿estás despierto?
-Sí. ¿Qué pasa?
-Tú también crees que nos teníamos que haber quedado, ¿no?
-No estoy seguro. Allí teníamos comida y cama, pero la sensación de que no pertenecemos a nadie es muy poderosa.
-Yo estoy bien mientras esté contigo. No habría podido hacer esto sin ti.
La oscuridad es total, pero oigo como se gira en el suelo. Me rodea con los brazos.
-Lo mismo digo.
Me da un beso en los labios y sonríe, todavía rozándome. Yo también lo hago.
Y me duermo enseguida, pensando que aunque tenga hambre y miedo, sé que soy libre y que Jared estará conmigo en toda esta historia.

A la mañana siguiente, unos gritos nos despiertan. Son dos hombres, y una de las voces es la del cura.
-Sé que están aquí, ¡todo el pueblo lo sabe! O me dices donde los tienes o te mato ahora mismo.
-No están aquí. Pero los vi irse hacia el este.
-¡Mentira!
Se oyen unos pasos, cada vez más cercanos, por el pasillo. Y patadas a las puertas.
Con un estruendoso golpe, se abre la de la habitación en la que estamos. Siento como si se me parara al corazón al ver al guardia de la granja, tan grande que casi no cabe por el marco de la puertecita.
-Con que aquí estáis… - se ríe como un poseso mientras busca algo en sus bolsillos. – Os dije que os encontraría.
Jared nos coge de la mano a Aretha y a mí y tira de nosotros para sacarnos de la habitación. Corremos por los pasillos con el vigilante pisándonos los talones.
-¡Os voy a matar, idiotas!
Conseguimos salir a la sala donde se da la misa. Y entonces un ruido insoportable nos atraviesa los tímpanos. Nos quedamos paralizados. Me giro y veo al vigilante sosteniendo una pistola humeante.
No puede ser. Busco a Jared y la pequeña con la mirada borrosa. Están quietos, mirándome horrorizados. Busco al cura, que está exactamente igual.
Se me nubla aún más la vista. Me paso la mano por el abdomen y la levanto otra vez  para mirarla. Un líquido rojo gotea de ella.
Miro hacia Jared, que viene corriendo hacia mí.
-¡Alicia!
Entonces lo veo todo negro y me derrumbo.


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